Qué tiempos estos… entre tutoriales, conversatorios ¿y escribitorios?

Qué de cuántas cosas nos va dejando Don Covid…Sin esperar el paso del tiempo (que ojalá sea más corto que largo), no viene mal ir seleccionando para mantener el orden en cajones y estanterías.

Parafraseando criollamente al Eclesiastés, bien podemos musitar para nuestros adentros que hay un tiempo para guardar y un tiempo para tirar.

Dicen algunos que dicen que saben “… de ésta los buenos saldrán más buenos y los malos más malos”, capaz… creo que sí.

El que siempre ignoró la necesidad ajena no se vuelve abanderado de la caridad o la filantropía de la noche a la mañana. Y el que hizo de la solidaridad una escuela de vida lo aquilatará buscando las mejores formas, los mejores caminos para ayudar y sostener sin pedir nada a cambio.

Pero ¡ojo! a la hora de la verdad, no le carguemos todo a la pandemia, transformándola en el chivo emisario versión 2021.

¿Quién no tenía trofeos en las vitrinas y muertitos en el ropero desde antes que marzo se nos cayera sobre la cabeza…?

Y como es bueno y saludable ser discreto, dejamos que cada quien se responda solito. Es cuestión de pesar en imaginarias balanzas de precisión las cargas de fortaleza y prudencia, de solidaridad y egoísmo, de luminosidad y sordidez, de risas pimplas y muecas cínicas que llenan la mochila de cada uno. Y nada de meter el perro… Ahí sabremos cuánto le podemos achacar a la pandemia y cuánto a nosotros mismos como individuos y como sociedad. Sociedad a la que ahora -sintiéndonos cristobalense colones? Descubrimos en sus luces y sus sombras. Contándole aviesamente las costillas. Como si la mentira, los vituperios, las ninguneadas y explotaciones de los débiles, los atropellos y la soberbia sin fin, la injusticia y el lumpenaje seudo intelectual no fueran viejos conocidos. Lástima que descubrirlo no esté costando tanto…

Nos enriquecimos

Pero no todo está coloreado opacamente. En este mundo pandémico brincan muchas chispitas que vale la pena amuchar para que iluminan como una fogarata.

Sin desconocer profundas y dolorosas necesidades. Nos dimos cuenta que pudimos prescindir de algunas cosas que parecían indispensables. Que aprendimos a conocer mejor al otro y a nosotros mismos. Porque es fácil convivir cuando todo marcha sobre aceitadas rueditas. Y no tanto cuando el encierro, las limitaciones, el hastío de la mente y el desasosiego del cuerpo hacen crujir la convivencia. Ahí salta la verdad, deshacemos catálogos y armamos otros. Hasta nos damos cuenta que la archivada virtud de la templanza nos puede hacer mucha falta para seguir batallando.

Sin darnos cuenta enriquecimos el vocabulario, una versión siglo XXI de aquella inolvidable sección de Selecciones del Reader’s Digest: proponía cinco acepciones para una palabra…

Ahora andamos del brazo y por la calle con la palabra protocolo asimilada hasta no hace mucho a severos encuentros en palacios y despachos. Que alguien fuera experto en Ceremonial y Protocolo presuponía una sólida preparación. Ahora democratizamos la palabra y solitos sabemos protocolarizarnos hasta para ir a comprar un atado de puchos…

Nada de “vení que te explico”, ahora pulcra y silenciosamente seguimos a los impertérritos tutoriales…

Cómo que “cállese la boca, no quiero escucharlo más”; hoy te dejan mutado y listo.

Hasta no hace tanto te pasabas un poco de alcohol por las manos, ahora nos sanitizamos; suena a una despedida paqueta y cortés a posibles gérmenes intrusos. Creo que Cervantes, padre del idioma, no debería estar desconforme.

Sobre todo al enterarse de la revalorización del término pausa.

Hasta hace poquito nomás hablábamos de detenciones, interrupciones o, en determinados acaeceres, de parar un rato. Ahora pausamos y suena más elegante ¿o no?

Y si en lugar de tomar un café le sumamos el ya veterano break que agrega la posibilidad de ir a eliminar aguas sin explicaciones, no precisamos más para sentirnos integrados a lo que venga.

Me queda una curiosidad. No sé si tiene que ver algo Don Covid o no. Lo cierto es que hasta no hace tanto nos poníamos de acuerdo para una reunión; ahora se organizan conversatorios…

Entonces cavilo: si nos llaman para escribir. ¿hay que pensar en un escribitorio?