Al mal tiempo, buen paraguas

Entre los recuerdos que atesoro de mi niñez, muchos importantes pero muchos más absolutamente triviales, está el hecho de ver que mi madre siempre solía llevar un pequeño paraguas en su bolso cuando salíamos de casa. Siempre. Sin importar las condiciones climáticas reinantes en el momento de salir ni lo que dijera el pronóstico que había oído por radio. Está claro que vivíamos aquí, en Pehuajó y no en Londres, donde el paraguas es casi una prolongación de la estructura corporal de los londinenses debido a su clima tan particular. Entonces mucho no entendía tanta previsión.

A veces preguntaba ¿Por qué se llama paraguas? Era muy niño. Hoy, después de más de medio siglo de recuerdos vividos y luego de haber escuchado no hace mucho la estentórea voz de Cacho Fontana publicitando un jarabe antitusivo con su impecable dicción, expresando: “Pulmocler para… (pequeño silencio) la tos!”, fue cuando comprendí que ese medicamento no solo está recetado para la tos sino que… ¡Para la tos! ¿Se entiende? Pero eso lo escuché hace poco. En aquella lejana niñez, una publicidad por el estilo, era la de las famosas pastillas Ambay, reconocida planta medicinal cuyas hojas y corteza tienen propiedades como para ser empleadas como expectorantes, por lo que el slogan decía: “termine con los ejem, ejem…” recomendando las citadas pastillas.

Volviendo al elemento en cuestión, la respuesta que recibía era que el paraguas, precisamente, para el agua, así como el paragolpes detiene ciertos golpes impidiendo que dañen la carrocería del vehículo, como el paravalancha ubicado en la tribuna de un estadio, sirve para que no se produzca una avalancha.

Está bien, pensaba, pero no me quedaba claro, porque con ese razonamiento, el pararrayos debería parar los rayos y lo que hace es absorberlos y canalizarlos por intermedio de conductores metálicos para que lleguen directamente a tierra sin dañar las construcciones. Pero no los para. De hecho, a principio de los ’70, cuando en una atroz tormenta un rayo fue absorbido por el pararrayos de la elevada torre de la antena de radio de la entonces Unidad Regional de Policía sita en Rivarola 148 de nuestra ciudad, igual causó un desastre.

No obstante, acepté que: pararrayos, paragolpes, paravalanchas, son elementos protectores y el paraguas también entra en esa definición, de hecho su nombre aparece en consejos como cuando a modo de protección sobre una inminente situación no deseada, nos dicen: “Es mejor que vayas abriendo el paraguas”. Y otras veces lo abrimos sin que nos lo digan.

En definitiva, el paraguas es un elemento útil para protegerse de la lluvia, el cual, en su versión moderna, fue inventado en 1705 por Jean Marius, contando con una superficie cóncava, con tela de tafetán impermeabilizada, aunque en principio solo se usó como elemento de distinción en la Europa de comienzos del Siglo XVIII.

Cien años después, cuando nuestros antepasados criollos pusieron en marcha su idea de un gobierno patrio que se concretó en la lluviosa jornada del 25 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, conocidas ilustraciones mostraron luego a varios de los que ocupaban la Plaza de la Victoria, luciendo paraguas. Sin embargo los historiadores han desmentido la existencia de dichos protectores en nuestra capital en ese tiempo, indicando que aquellos pobladores se protegían con capotes y ponchos encerados.

Los paraguas llegaron después y con el tiempo se expandieron por todo el mundo, adquiriendo también determinada fama por su empleo en diferentes obras de la cinematografía mundial.

Un claro ejemplo es la icónica escena del film “Bailando bajo la lluvia”, estrenado en 1952, en la que el extraordinario actor, cantante y bailarín, Gene Kelley lleva adelante una magnífica coreografía danzando bajo una lluvia torrencial y manejando el paraguas, tanto abierto como cerrado, con una gracia inigualable.

También la mujer tiene su protagonismo a alto nivel. ¿Quién no recuerda a Julie Andrews en la piel de la tierna Mary Poppins? Un célebre personaje de la novela de Pamela Travers que Disney se encargó de llevar al cine con gran éxito a mediados de los ‘60, inmortalizando la escena donde la adorable niñera aterriza plácidamente junto a la vivienda donde será su nuevo trabajo, pero lo hace colgada de su paraguas como si se tratara del más sofisticado y eficaz paracaídas.

Otro personaje muy afecto al uso del paraguas es el detestable “Pingüino”, acérrimo enemigo del reconocido héroe del comics: Batman.

Se trata de un mal elemento, de muy baja estatura, elevado peso corporal y una forma tan particular de nariz que justifica su denominación, denotando un elevado resentimiento por las burlas sufridas en su niñez.

La presencia del paraguas en la vida del malvado Pingüino, se debe a la exigencia de su madre que lo obliga a portar dicho elemento de protección, al parecer, porque su padre murió raíz de de una neumonía sufrida como consecuencia de una mojadura bajo la lluvia.

También en el film argentino: “La aventura de los paraguas asesinos”, como su nombre lo indica: hay paraguas como elementos de elevado protagonismo. Allí, los notables superagentes de Acuario (Organización que lucha contra el mal) deben proteger a un científico que posee conocimientos como para generar cambios climáticos programados, y que está en peligro de ser capturado por delincuentes, uno de los cuales utiliza como arma un paraguas que lanza dardos.

El paraguas como arma en la ficción y el paragua como arma en la vida real. Sabemos que arma es todo elemento que sirve para aumentar el poder agresivo de quien lo posee, sea para atacar, persuadir o defenderse. Y precisamente ayer se cumplió un nuevo aniversario de un logro mayúsculo para deporte argentino con un paraguas en escena.

Ocurrió el 16 de octubre de 1968 cuando Estudiantes de La Plata, obtuvo la Copa Intercontinental en el estadio del Manchester United frente al prestigioso dueño de casa. Con un recuerdo por entonces muy fresco de la expulsión del capitán argentino Antonio Rattin frente al local Inglaterra en el Mundial de 1966 y toda la carga sobre la brutalidad del juego argentino, el clima no era el propicio en aquel otoño británico del ’68 e incluso nuestro compatriota José María Muñoz, inolvidable relator deportivo, no pudo contar con una cabina para transmitir el partido y debió hacerlo desde la platea del estadio, rodeado de hinchas ingleses. Acostumbrados a que sus relatores son, precisamente, ingleses y no apelan a estridencia sino que mantienen un estilo sobrio y prudente, aquellos plateistas no podían explicarse la razón pasional del relato que estaban obligados a escuchar, y empezaron a molestarse rápidamente. Cuando Juan Ramón Verón, “La Bruja” (padre de Juan Sebastián), marcó el gol de Estudiantes, y Muñoz lanzó un grito de poderosa carga emotiva estirando la letra o casi hasta el infinito, un plateista explotó y le descargó un violento golpe en la cabeza con el elemento que portaba casi por costumbre: el paraguas, indispensable para afrontar el gris, frío y lluvioso clima otoñal de Manchester. Otros se sumaron y aplicaron algún que otro sombrerazo sobre la espalda del inolvidable Gordo, pero aún así, logró terminar el relato.

Hoy, a tres siglos de su invención, el paraguas moderno sigue siendo eso, un para-aguas y se emplea como tal. No siempre, claro. Y un ejemplo lo supe por un entredicho que me contaron cierta vez, ocurrido entre un matrimonio con muchos años de convivencia. Don Pedro y doña Pilar, orgullosos inmigrantes de la madre patria.

El hombre había levantado su casa y en el fondo del terreno tenía una hermosa quinta a cielo abierto de donde se nutría de verduras y hortalizas de envidiable calidad. Su cuidado de esa huerta era para él: un apostolado. Pero un día, doña Pilar, le preguntó con cierta hostilidad: “-Oye, Pedro ¿Por qué no riegas tu quinta hoy, como todos los días?” Y el marido, muy seguro de sí mismo, le respondió: “Pero Mujé, ¿Para qué? ¿No ve que está lloviendo torrencialmente?”. “¡Y qué –exclamó ella– acaso no te he regalao un hermoso paragua!”

Y la situación, sumada a la gracia de su narrador, me dibujó una sonrisa.

¡Feliz fin de semana para todos!

Roberto F. Rodríguez.