Curioso monumento que siempre es motivo de conversación

Comenzamos a transitar el mes de octubre de este año tan particular e impensado, pero con solo decir que ya estamos en el décimo mes del calendario anual, significa reconocer que nos encontramos próximos a la finalización de este inolvidable 2020.

Aún así, octubre es un mes que tiene cierto anclaje referencial vinculante con algunos hechos culturales de nuestra historia lugareña, y por eso hoy quiero referirme al personaje ficticio que nos ha hecho conocidos en el mundo: Manuelita.

La razón es que, Dios mediante y en el transcurso del presente mes, se habrán de cumplir treinta años del emplazamiento primario del monumento a Manuelita que, como se recordará, fue levantado en el empalme de la Ruta Nacional nº 5 y el por entonces llamado acceso Nicolás Avellaneda, hoy denominado Presidente Néstor Kirchner.

En la tarde del sábado 20 de octubre de 1990, el monumento al famoso quelonio fue inaugurado con una ceremonia que no convocó mucho público. Un sencillo acto que fue presidido por el entonces intendente municipal, profesor Julio Rodríguez, acompañado por el responsable del área cultural, Félix Pedro Peyrelongue, autoridades municipales, representantes de algunas instituciones y público en general. Naturalmente, también estuvo presente el artista plástico que resultó autor de dicha obra, Joaquín Llanos.

En dicho acto, tras una presentación a cargo del nombrado Peyrelongue, el señor mandatario comunal destacó la importancia del acontecimiento, en especial por la elevada ligazón entre todo lo que tiene que ver con Manuelita y Pehuajó, refiriéndose con orgullo a la labor desplegada por el Área de Cultura para llevar adelante el citado proyecto.

Concluida la ceremonia, algunos chicos presentes fueron los primeros en fotografiarse sentados sobre el pedestal circular que oficiaba de base del monumento y si bien no hubo una importante cantidad de público presente en dicho acto, en las horas inmediatas a la finalización de la actividad ceremonial y también en los días subsiguientes, el lugar se convirtió en una pasada obligada para muchos pehuajenses que se acercaron a contemplar la obra y llevaron a los niños a conocer el referido monumento.

La plausible iniciativa fue reconocida pero también se escucharon voces sobre las características que ofrecía la obra. Voces emitiendo opiniones favorables y voces denotando disconformidad. Pero el tema siguió instalado y nunca, hasta el día de hoy, se ha hablado tanto de un monumento como del mencionado.

No voy a explayarme al respecto porque no soy un crítico de arte con conocimiento necesario como para verter un juicio de valor. Sé que una obra escultórica puede gustar o no a quien la observa, y cualquiera de esos observadores puede hacer público su agrado o desagrado, dentro de la libertad de expresión. Están en su derecho. Pero una crítica profunda y valedera desde la observación artística no puede provenir de ojos profanos, sino de verdaderos entendidos en la materia.

No obstante, este es un artículo evocativo y no de análisis de la obra, aunque es justo mencionar dos circunstancias. Una es que la escultura se realizó casi una década antes del estreno del film animado homónimo que instaló en nuestra memoria la figura de un tierno y cariñoso personaje de singular semblante que no conocíamos en el ’90. Y la segunda es que dicho monumento ha sido considerado entre los cinco más curiosos de la República Argentina.

Lo cierto es que más allá de la presencia de los pehuajenses, el monumento comenzó a recibir la visita de quienes transitaban por la ruta en uno u otro sentido y se detenían a tomar fotografías, especialmente acompañados por niños, cuyo impulso por correr hacia el monumento y subirse al pedestal, los llevaba a que, muchas veces, no prestaran debida atención al peligroso tránsito de tan importante ruta, generando momentos de verdadera zozobra. Tengamos en cuenta que, en aquellos años no existía la actual rotonda y ello exponía mucho más a los visitantes, especialmente a los más pequeños.

La situación se fue tornando cada vez más compleja y los riesgos eran muchos por lo que años después se decidió mudar el monumento al actual emplazamiento, predio que guarda una prudencial distancia con la Ruta Nacional 5 y está muy separado de los dos accesos que unen dicha ruta con la planta urbana de nuestra ciudad.

Trasladar un monumento no parece tarea fácil, al menos si se pretende hacerlo sin que el mismo sufra algún deterioro importante. Pero el peligro era mucho y se consideró necesario llevar a cabo dicha labor.

La decisión fue tomando estado público y muchos pehuajenses esperaron ansiosos el momento del traslado, lo que convirtió el futuro hecho en un tema casi obligado de conversación. Se hablaba mucho y se hacían distintas conjeturas, aunque la cuestión básica pasaba por aventurar si la pétrea figura de Manuelita sobreviviría intacta al movimiento proyectado. ¿Quién haría el traslado? ¿Qué tipo de herramientas emplearía?

Para cumplir con lo dispuesto fueron requeridos los servicios de una pala cargadora frontal de transmisión hidráulica, maquinaria apta para el movimiento de elementos de importantes dimensiones, peso y volumen.

Naturalmente, hubo más maquinarias involucradas en lo que sería el despliegue operacional para concretar el traslado y, cuando llegó el día, el sector donde estaba emplazada originalmente la figura fue mudo testigo de la llegada de un numeroso público que, desde muy cerca o conservando cierta distancia, no quería perderse detalle de la referida labor.

Cuando todo quedó dispuesto tras la preparación previa de Manuelita, la maquinaria se acercó lo suficiente y las uñas de la pala hicieron contacto ante la atenta mirada de muchos, aunque hubo quienes, estando presentes, no querían mirar por temor a ser testigos también de un desastre.

Subir la enorme tortuga a la maquinaria era de por sí un trabajo importante, pero trasladarla hasta el nuevo emplazamiento parecía más complejo aún, incluso también bajarla y ubicarla en el sitio elegido despertaba temores.

Manuelita, tierno personaje de ficción que alguna vez había dejado Pehuajó para mudarse a Paris en búsqueda de un mejoramiento estético y regresado a nuestra ciudad sin más huellas que las dejadas por el paso del tiempo, parecía, aquella tarde del traslado, enfrentarse a una difícil empresa pese a que se trataba de una distancia que podía contarse en metros sin superar las cuatro cifras. Porque una cosa era ir y volver de una muy lejana Francia a través de la tinta de un cuento o la letra de una canción y otra, muy distinta, era salir indemne de un corto pero bamboleante viaje sobre una maquinaria.

Todos los presentes, siguiendo el movimiento del rodado que transportaba la tortuga, sea circulando detrás del mismo o instalados a la vera de la ruta, acompañaron con sus miradas cada paso, conteniendo la respiración en algunos momentos de helado suspenso. Pero todo salió bien. Manuelita llegó a su nuevo destino y allí está todavía. Ahora con un predio muy bien ornamentado que siempre será motivo para que algunos viajeros detengan su paso y se acerquen a contemplarlo con sus pequeños acompañantes. Y, sean cual sean sus opiniones, hablarán de Manuelita, de Pehuajó y de ese monumento del que en pocos días se habrán de cumplir 30 años de su inauguración.

¡Feliz fin de semana!

Roberto F. Rodríguez.

FOTO: El escultor Joaquín Llanos, Manuelita y las maquinarias.